PREGON DE LA SEMANA SANTA DE SANLUCAR DE BARRAMEDA 1992

Escrito por el D. José Manuel González Romero.
Pronunciado el día 5 de Abril de 1992, Domingo de Pasión.


Reverendo Padre, Delegado Episcopal de HH. y CC.

Dignísimas autoridades.

Consejo Directivo de la Unión de Hermandades.

Señoras, señores.

Amigos cofrades:

Cuando llegan los postreros días invernales de febrero, y el mes de marzo se abre queriendo romper la primavera, nuestra tierra andaluza se transforma.

Andalucía se vestirá de gala con sus mejores aromas de flores nuevas y sus calles se adornarán de azahar, geranios y jazmines. Por esa época se prepara el escenario natural, donde se representará año tras año, la Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios.

Todos los andaluces estaremos expectantes y con inusual dosis de ansiedad para vivir una vez más el trágico ritual de la inmolación en nuestras calles y plazas. Yo no sé si la Semana Santa ha sido inventada por los andaluces o es que Dios quiso que en nuestra tierra se rememorara cada año su Pasión. No es concebible la Semana Santa tal como es y la entendemos, en otro marco distinto al nuestro, ni podrá ser jamás por mucho que nos imitasen. Porque Andalucía es la Semana Santa y la Semana Santa en primavera es el alma de Andalucía hecha flor, cera, incienso, sudor, oro, plata.

En Andalucía, los cofrades viven de una manera especial la Cuaresma. Son cuarenta días de preparación para la Semana Mayor. En esa Santa Cuaresma, los cofrades andaluces se afanarán en su preparación espiritual a través de sus respectivas Hermandades, que se entregarán a la oración y mediante sus cultos cuaresmales y todo tipo de actividades religiosas, que en muchos casos sirven de ejemplo edificante para otras comunidades cristianas, se transformarán en seres distintos.

No tienen razón los que dicen que los cofrades de Andalucía sólo quieren pasos de palio, y marchas corraleras, permítanme la expresión. No tienen razón aquellos que nos atacan con el dardo de la hipocresía, esgrimiendo el tan manido fetichismo. Porque a pesar de lo que se quiera hacer ver, el cofrade, ante todo es religioso. Ante todo, es amante de Cristo y de María y en los días precedentes a su Semana Santa más sincero y auténtico que nunca. Quien niegue esto está ciego: que venga y nos acompañe a los cofrades andaluces por cualquier ciudad o cualquier rincón de nuestra geografía, donde exista una Hermandad de penitencia.

Y Sanlúcar no podía ser menos, Sanlúcar ofrece todo lo anterior y sobre todo, Sanlúcar ha sabido mirar donde debía: a la Madre y Maestra: a Sevilla.

Sanlúcar y Sevilla son un binomio indisociable en multitud de manifestaciones, tanto culturales como religiosas. Y en cofradías no podía ser menos. Cierto es que cada pueblo, cada ciudad, tiene su idiosincrasia, pero las líneas maestras en nuestra tierra las marca quien las tiene que marcar, la llena de gracia por excelencia. La ciudad que mejor supo expresar la Pasión de Cristo por sus calles. La que a su Semana Santa no le falta ni sobra un detalle por insignificante que sea. No es, queridos cofrades, casualidad, que Esperanza y Macarena, Amor y Cachorro, y sobre todo, Gran Poder, el Señor de Sevilla por antonomasia, sean Sevillanos.

No es ninguna deshonra para nosotros, cofrades de Sanlúcar, que permanentemente nos reflejemos en la Madre y Maestra de las Cofradías, como no es deshonra el que acude a la universidad a formarse en estos o aquellos menesteres. Todo esto es riqueza que atesoraremos y aplicaremos en nuestras Cofradías para su mayor enriquecimiento.

Yo siempre, digo que en las Cofradías todo está ya inventado; no hacen falta innovaciones estridentes ni fuera de tono, porque como mil veces se ha demostrado, dichas innovaciones han sido flor de un día y han terminado cayendo en la desgracia.

El cofrade debe aprender del que sabe y debe saber abandonar defectos y empaparse de virtudes que pueda transportar a su Hermandad. No tenemos más que mirar a nuestras Cofradías y veremos su evolución en el tiempo. Cuanto más nos hemos dejado de modas y nos hemos acercado al más puro estilo sevillano, más se han enriquecido y las pruebas palpables las vemos cada año que pasa.

El gran río andaluz, nexo indestructible entre las dos ciudades, ha sido y sigue siendo cauce de comunicación cultural y enriquecedora tanto para una ciudad como para otra. Este hecho ha perdurado y perdurará en el alma cofrade de los sanluqueños para mayor gloria de nuestra Semana Santa.

No obstante todo lo anteriormente expuesto, Sanlúcar y su Semana Santa tienen sus peculiaridades y su sello de identidad.

La primera seña de identidad y la más importante es sin duda alguna, el incomparable marco que ofrece la propia ciudad. Sanlúcar, toda ella, es un monumento. Sus calles, sus rincones, sus muros y balcones son el escenario real y propicio para una Semana Mayor andaluza. Sus iglesias, conventos, castillos y palacios, son mudos pregoneros de la esplendorosa historia de nuestra ciudad. Ciudad de crisol tartésico, cultura romana, sangre árabe y ducal señorío.

En sus edificios podremos contemplar y comprobar el espíritu religioso de nuestra ciudad, a través de los tiempos. Ahí están todavía en pie, y muchos de ellos felizmente rescatados del abandono gracias a la sensibilidad de la Junta de Andalucía, que ha sido consciente del enorme patrimonio cultural de esta ciudad, las sedes de tantas y tantas instituciones religiosas. Desde Mínimos en la Victoria a Mercedarios de la Merced, Carmelitas del Carmen, Franciscanos de San Francisco, Dominicos de esa catedral Sanluqueña, Capuchinos, Dieguinos y un largo etc., que no hace falta enumerar. En esos rancios y viejos edificios velaban su paso al Nuevo Mundo las respectivas órdenes religiosas que llevarían el Mensaje de la Salvación.

Y muchos de esos edificios son las sedes actuales de nuestras cofradías, sedes que debemos hacer nuestras como patrimonio heredado de incalculable valor. La O, la Trinidad, los Desamparados, San Miguel, San Diego, etc. son partes de nuestras Cofradías, son nuestra casa común cofrade, donde presiden nuestros Sagrados Titulares, y son Sanlúcar hecha Santuario.

Cuando se acerca la primavera, las espadañas de nuestras iglesias son un trino en el amanecer, nuestras calles y balcones, jardines vivientes, nuestros naranjos jarrones de azahar y nuestra costa olor fresco de tomillo y romero marismeño.

Cuando la primavera se acerca, todo lo que adormecía se hace vida palpitante, todo se hace color y aroma y el espíritu de los cofrades sanluqueños se llena de gozo y alegría porque ya huele a Semana Santa.

La otra seña de identidad de Sanlúcar cofrade es el espíritu del Sanluqueño.

Dos son, a mi juicio, las características fundamentales que posee la gente de Sanlúcar: EL ORGULLO Y EL SENTIMIENTO.

El Sanluqueño es capaz, a la vez, de reñir por defender algo y llorar de emoción o de pena. El sanluqueño es tan capaz de lanzar un grito de ¡guapa! o de ¡olé! cuando contempla la levantá de un paso de palio, como de llorar amargamente al con templar la carne ensangrentada de uno de nuestros Cristos. Bajo la discreción de mi antifaz de nazareno he tenido la oportunidad de contemplar esto, en multitud de ocasiones. Como una plegaria se hacía llanto en las lágrimas de una mujer o exclamación acongojada en un hombre de la mar o del campo. El sanluqueño es muy orgulloso, pero muy sensible. Los sanluqueños somos como las cuerdas de la guitarra de Manolo Sanlúcar, que suenan por mirabrás al primer “rajeo” de una marcha procesional.

Los cofrades de Sanlúcar somos tan apasionados con nuestros Titulares, como con nuestros padres terrenales. Una pasión que cada vez es mejor entendida, dejando aparte rivalidades estériles y detestables. Una pasión que se transforma en orgullo cuando vemos en las mañanas de nuestras estaciones penitenciales respectivas, el fruto de nuestro entusiasmo y trabajo, hecho flor blanca para el paso de Ella, o clavel rojo a los pies de nuestro Cristo.

En estas mañanas el cofrade se pavonea con orgullo delante de sus pasos ya ultimados hasta el último detalle, cuando el pueblo se acerque a contemplarlos, porque allí está el símbolo del amor hacia Ellos aunque algunos lo quieran mal interpretar.

El amor cristiano a los demás no se puede ni se debe publicar. Ese amor tiene que ser callado y cotidiano. Tiene que salir del corazón del cofrade y de las calladas Bolsas de Caridad de nuestras Hermandades.

El único amor que se puede mostrar en público es el amor hacia Ellos expresado en todas esas obras de arte que contemplaremos en nuestra Semana Santa y que son el gran patrimonio artístico de nuestras cofradías.

Orfebres, bordadores, tallistas y doradores ponen lo mejor de su arte al servicio de las Cofradías porque para Ellos el mejor esmero, para Ellos la mejor labor, para Ellos la más delicada filigrana.

Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

He hablado de bordadores, orfebres, tallistas, etc., que entregan su arte a las cofradías. Pero la contribución artística mayor a la Semana Santa, la ponen sin duda alguna, el trabajo, el sudor, la abnegación, la gracia, y el arte de quienes aplican sus hombros a una trabajadera o hincan en su carne el cincho de cuero: Los costaleros.

El Costalero ha sido y será siempre pieza fundamental en la arquitectura de las cofradías. Antes eran costaleros a secas y ahora son hermanos costaleros. Da lo mismo, lo fundamental es que unos hombres mal pagados como antes o de una manera desinteresada como ahora, entreguen cada Semana Santa sus sufrimientos y dolor debajo de una parihuela a nuestras benditas Imágenes.

Quien diga que antes un costalero se metía debajo de un paso por dinero a secas, miente o desconoció la realidad que este pregonero tuvo la suerte de describir. Por aquellos tiempos difíciles económicamente no venía de más arrimar por Semana Santa un suplemento al jornal de un padre de familia, suplemento mísero comparado con el gran esfuerzo que supone sacar pasos en Semana Santa, como se dice en el argot taurino, de pitón a rabo. De una Flagelación, por ejemplo, a una Estrella y de Ella sin descansar a la Amargura para rematar en la Cofradía de la Vera Cruz en la noche del Viernes Santo.

Quiero desde aquí rendir público homenaje a esos antiguos y machos costaleros de Sanlúcar: a los Ministro, Chano, Negro, Paco Lola, a los Velázquez, y a los Vázquez, al Paito, y tantos otros que sería interminable el mencionar. Ellos escribieron año tras año, con su sudor de viña y bodega la historia de tantas estaciones penitenciales y tengo que rechazar de plano a todos aquellos de espíritu cicatero y mentes estrechas, que probablemente hablen por bocas ajenas, que hoy quieren negar el pan y la sal a estos grandes hombres sin los que no hubiese existido nuestra Semana Santa. Para ellos, el abrazo y el reconocimiento de este humilde pregonero.

Pero los tiempos cambian y las cofradías son un ser vivo en constante evolución. Por los años 70, se sintió la necesidad de que nuestros Sagrados Titulares fuesen portados por sus hermanos en cofradías y empezaron a surgir los primeros movimientos y las primeras cuadrillas de hermanos Costaleros.

Afortunadamente, a Sanlúcar también hubieron de llegar estas inquietudes hasta el día de hoy, en que todas nuestras Hermandades son sacadas por sus hermanos.

Si al principio hubo reticencias por parte de nuestros Hermanos Mayores, quizás por el miedo a los imprevistos, hoy gozan de la confianza plena de sus Juntas de Gobierno. Confianza a la que sólo ellos se han hecho acreedores demostrando año tras año una superación constante y una capacidad de sufrimiento y autodisciplina que obtienen gracias al gran amor que profesan a sus Cristos y a sus Vírgenes.

Que reconfortante es contemplar como en nuestras Casas de Hermandad nuestros hermanos costaleros se reúnen día tras día durante todo el año para comentar no sólo temas de pasos y trabajaderas, sino para elevar en comunión fraternal su espíritu cristiano y su solidaridad humana.

Pero no quiere este pregonero callar ni enmudecer ante ciertos peligros en que se puede caer y en el que en algunos casos se está cayendo. Pienso que los hermanos costaleros deben ser ante todo, eso, hermanos y costaleros. Como hermanos deben integrarse y participar en todos los actos religiosos y culturales de nuestras Hermandades, porque no deben olvidar que son hermanos como tantos otros, aunque llegada la estación de penitencia cambien el cirio o la cruz por un cincho o una trabajadera.

De otro lado, deben ser costaleros y no “saca pasos”. Un auténtico costalero debe realizar una labor humilde y callada debajo de la parihuela de su cofradía. No caben los protagonismos ni las exhibiciones, porque los únicos protagonistas de nuestra Semana Santa son El y Ella, y a Ellos son a los únicos que hay que contemplar.

Costaleros de Sanlúcar: vuestra cruz es la trabajadera o el cincho, vuestro cirio derretido, el sudor de vuestra frente, vuestra chasca el llamador, vuestro antifaz el faldón humilde de vuestro anonimato, y vuestro único celador el capataz.

Tradicionalmente nuestras cofradías han sido cosas de hombres y el papel de nuestras hermanas, si bien ha sido importantísimo como Camareras de nuestros Titulares, no es menos cierto que por lo demás se han limitado a colaborar en tareas domésticas cuando se precisaba para arreglos de cultos o exornos procesionales, así como en tareas de ordenación, costura y limpieza.

Desde algunos años, la mujer ha conseguido su anhelada aspiración de poder hacer estación de penitencia junto a sus hermanos varones y hoy un gran porcentaje de papeletas de sitio son sacadas por ellas. Así mismo, se observa un constante incremento de participación en todos los actos culturales, religiosos, y recreativos de nuestras Hermandades que poco a poco le van llevando a su integración plena.

Pero dicha integración participativa y real no se conseguirá plenamente hasta que la mujer esté igualada a nosotros, en obligaciones y derechos; y el derecho fundamental de todo ser humano, que se integre en una colectividad es, mediante su voz y su voto, el poder ostentar la representación de dicha colectividad y el poder participar en la elección de sus representantes.

Ha sonado la hora de que nuestras cofradías se pongan en son con la sociedad actual. Cristo otorgó un papel fundamental a una mujer: a María, y gracias a su maternidad, hoy María comparte los altares con El. Ese ejemplo de Cristo ha de ser seguido por todos los cofrades y debemos y tenemos la obligación de que nuestras hermanas estén en un mismo plano que nosotros. Nuestras hermanas, a mi juicio, deben tener la capacidad de ser electoras de nuestras Juntas de Gobierno, y si se hiciesen acreedoras a ello, el poder ser elegidas para formar parte de las mismas. A buen seguro estoy que todo ello redundará en mayor beneficio de nuestras Hermandades, y nuestras hermanas se sentirán corresponsabilizadas con nosotros.

Y hablando de los cofrades en general, sin distinción de sexo, tendremos ya que decir que mal cofrade es aquel que vive sólo y exclusivamente pensando en la Semana Santa o en su estación de penitencia.

El mundo de las Cofradías ofrece a lo largo del año atractivos y vivencias interesantísimas que hacen el que los auténticos cofrades no noten el período que va de una Semana Santa a otra.

Vivir en Hermandad es imbuirse durante todo el año, día a día en todo aquello que es la actividad cotidiana de las Cofradías.

Por este deseo imperioso de estar juntos para hablar comentar, preguntar y realizar cosas, surgieron afortunadamente en nuestra ciudad las Casas de Hermandad. Dichas Casas de Hermandad son hoy día una feliz realidad y son el punto de encuentro de los hermanos cofrades donde se pueden reunir para hablar y comentar libremente de todo aquello que les interese y que el bar, donde tenían que hacerlo anteriormente no era quizás el sitio más adecuado. Nuestras Casas de Hermandad son los auténticos nidos y gérmenes de nuevos cofrades, allí nuestros menores escuchan y aprenden de sus hermanos veteranos, y un día, llegarán a entusiasmarse con esas vivencias.

De allí, saldrán propuestas de futuro que enriquecerán a nuestras Cofradías tanto en el espíritu religioso como en el cultural, ornamental o lúdico. Por ello, nuestras Casas de Hermandad, son algo que debemos fomentar para que exista en todas nuestras hermandades y cuidar con esmero en aquellas donde ya son una realidad.

Quizás si muchas hermandades no hubieran invertido en su tiempo, en sus respectivas Casas, hoy día no serían lo que son ni tendrían el patrimonio espiritual que poseen.

Como decía, el año cofrade está cargado de vivencias. Vivencias que tienen sus mayores exponentes individuales en los Besamanos de nuestras Vírgenes y ante todo, en las Funciones Principales de nuestras Hermandades, sin dejar de mencionar multitud de actos que a lo largo del año, son organizados por nuestras cofradías como en la celebración de la Inmaculada, actos navideños, cuaresmales, Besapiés y un largo etc.

Qué cofrade no se maravilla y goza ante su Virgen en Besamanos cuando puede contemplarla en un plano terrenal, para besar su mano con todo el amor del mundo y contemplar de cerca sus mejillas o su mirada y poder entablar un mudo diálogo con Ella cara a cara. Esas cosas son las que vive un auténtico cofrade.

¡Cómo vive un auténtico cofrade sus cultos institucionales que culminarán con la Función Principal de su Hermandad!. A este pregonero siempre le ha servido de botón de muestra esta ocasión para diferenciar claramente el cofrade del capirotero. Nunca un cofrade, ni aún en las salidas procesionales, que no olvidemos es un acto más de cumplimiento mandado por nuestras Reglas, se siente tan unido a sus hermanos y a través de ellos a sus Sagrados Titulares, que en sus cultos y en su Función Principal.

La Función Principal es el acto fundamental y más importante de cuantos, mandan nuestras Reglas. Más importante por supuesto que la estación de penitencia porque en él se realiza la verdadera y cristiana comunión fraternal.

En la Función Principal se demuestra la verdadera vida que tiene una Hermandad. Pobre Hermandad aquella que teniendo 500 o 1.000 hermanos dejan solos a sus Sagrados Titulares en tan gran ocasión. Esa Hermandad puede tener muchas riquezas, materiales, pero su tesoro espiritual estará totalmente empobrecido.

Y los cofrades de Sanlúcar no solo vivimos encerrados en nuestras Cofradías y de espaldas a las demás. Cada vez cala más hondo la acepción colectiva de la palabra cofrade.

La demostración palpable de esto que digo, se produce todos los Miércoles de Ceniza, cuando en impresionante y austero Viacrucis acompañamos a la Bendita Imagen del Cristo de los Milagros por las calles de nuestra ciudad.

Este Viacrucis que comenzó siendo un acto de la Hermandad de los Estudiantes, se ha convertido sin imposición de nadie, ni siquiera de la Unión de Hermandades, porque los cofrades de Sanlúcar así lo hemos querido, en el Viacrucis penitencial de todos los cofrades de Sanlúcar.

Que testimonio tan impresionante se da en la calle ese día. Este pregonero por estas fechas, casi siempre ausente, tuvo la suerte de estar presente en un año en que por las calles se oían los tumultos de comparsas y chirigotas de nuestro tradicional carnaval. Y este pregonero se quedó atónito ante dos situaciones inesperadas: el recogimiento y devoción de los que acompañábamos a Cristo Crucificado y el exquisito respeto de las gentes de Sanlúcar. Pero este ambiente quizás e inevitablemente se esté enrareciendo en los últimos años por la anormal coincidencia de fechas. Ruego desde aquí, a las autoridades sanluqueñas que hagan una reflexión seria sobre el tema y pongan definitivamente las cosas en su sitio que no es otra que el de finalizar el Carnaval y comenzar la cuaresma en el Miércoles de Ceniza como siempre fue.

Quien diga que las Hermandades y Cofradías de Sanlúcar están muertas o son una farsa de capirotes, ostentación o boato, que vaya en el Miércoles de Ceniza al encuentro del Cristo de los Milagros. No tendrá más que dos salidas: integrarse humildemente con los demás o hacer de manera avergonzada el mutis por el foro.

Y con la misma ilusión con que este pregonero acompañó al Cristo de los Milagros en su Viacrucis, quiero que en esta mañana jubilosa en la que ya percibimos el aroma candente de torrijas y alpisteras que nos evocan mentalmente a los sanluqueños la inminencia de nuestra Semana Mayor, me acompañéis y participéis en vivir la Pasión según Sanlúcar, a la vez, que hagamos un esfuerzo mental para situarnos en nuestras calles, plazas o balcones, desde donde contemplaremos las secuencias pasionales representadas en los pasos de nuestras cofradías.

La Pasión según Sanlúcar, tenía que comenzar forzosamente en el corazón antiguo de la ciudad, allí donde floreció la historia de esta Villa, en pleno barrio alto y en uno de los rincones más tradicionales, en la Puerta de Jerez.

Por impedimentos mayores como la restauración de su sede, este año no podremos acudir a San Miguel, pero este momento ha sido vivido por el pregonero en multitud de ocasiones. Allí a la media tarde de un reluciente Domingo de Ramos un gentío de niños con sus madres, rodeados de una algarabía de patatas fritas, pistachos, globos y caramelos, se congregan para ver salir a la Borriquita por las Puertas de San Miguel.

Los cofrades que allí nos congregamos estamos con el “Síndrome de abstinencia”, estamos sedientos de Cofradías y nuestros corazones querrán salir del pecho cuando veamos aparecer, tras la primera cruz de guía las primeras túnicas blancas nazarenas. En ese momento todavía, todo es alegría y alboroto por ver a ese Jesús de la Paz Triunfante, y ese triunfo lo reflejará su Madre con el título de Victoria. Aún no ha comenzado las tristes y amargas horas de la pasión.

¡Quién vio y quién ve a esta aún joven Hermandad!. Qué alegría produce el ver como florecen muchas de nuestras Cofradías y sin duda, ésta es una de ellas. Está claro que la fe y el entusiasmo de los cofrades mueve montañas, y ésta es una de las que en verdad han florecido. Porque hoy la Cofradía de la Borriquita en la calle es una señora Cofradía cuyo mayor símbolo ornamental es ese bello palio rojo que luce Nuestra Señora de la Victoria, que con tanto amor y esfuerzo han logrado bordar sus hermanos.

Ya cuando el paso de palio enfile la Calle Luis de Eguílaz para abocar a la Plaza de la Paz y hayamos oído las primeras marchas procesionales en esta próxima Semana Santa, sentiremos un enorme relax y una satisfacción indescriptible porque ¡ya está la primera en la calle!.

Cuando apenas hayamos perdido de vista el manto de la Virgen de la Victoria y el sol aún se encuentre candente, volveremos nuestros ojos al Templo de San Diego, al pie del Imponente Castillo de Santiago. En la falda noroeste de sus muros nos apostaremos para contemplar en maravillosa perspectiva la salida por el Cancel de San Diego de la otra cofradía que llenará el Domingo de Ramos: La Cofradía de la Oración en el Huerto.

Este pregonero nunca sabrá en ese momento si el paso del Cristo de la Oración es mejor o peor, si va bien adornado o no, si llevará muchos nazarenos o pocos, porque señores cofrades de Sanlúcar, cuando por primera vez miréis la cara de Jesús orante, ya vuestra mirada habrá quedado definitivamente anclada en El. Mi pluma y mi palabra son incapaces de definir la cara de Jesús de la Oración en el Huerto. Creo que realmente es una cara Divina. Yo invito, desde aquí, a todos ustedes, a que en esta próxima Semana Santa, más que nunca miren fijamente a Jesús de la Oración. En El encontrarán todo el Evangelio, o mejor dicho la síntesis de él. Encontrarán: el amor, la dulzura, el perdón, el sacrificio y la piedad. En una palabra, en esa cara encontraréis el verdadero Jesús Hijo de Dios.

Cuando ese Cristo sudoroso de sangre por su frente comience a subir con paso firme de sus costaleros la empinada cuesta del Castillo y el corazón aún lo tengamos detenido, tornaremos de nuevo la mirada al frente y veremos una blancura esplendorosa, una blancura muy nuestra, una blancura blanca, pero con tonos verdes como nuestra tierra, es la blancura blanca y verde de Andalucía, es la blancura blanca y verde de la gracia Bética y la Esperanza de los hombres de aquí.

Todo esto y mucho más es Ella, Gracia y Esperanza, la que al compás la cera llora y las campanas de San Diego repican sin que toque el campanero. Porque Ella, la preciosidad de Sanlúcar bajo palio, la llena de Gracia y hermosura, sale a la calle cada Domingo de Ramos, para repartir esperanzas entre sus hijos sanluqueños. Gracias y Esperanzas que irá derramando por todo su peregrinar por las calles, como viene derramando la cera cuando ya de regreso por la Cava del Castillo suena la Madrugá. La luz de su candelería se recortará en los muros pétreos y pasito a paso muy lento avanzará sin que queramos que avance, sin que queramos que llegue al final de la cuesta. Muchos de vosotros podréis corroborar esta sublime experiencia cofrade y el que no la haya vivido que intente vivirla y el que a pesar de todo se niegue este placer, peor para él. Estén ustedes seguro que en el pecado llevarán su penitencia.

En la Semana Mayor sanluqueña también contemplaremos el siguiente momento pasional, el de Jesús prendido y maniatado. Veremos a ese maniatado llamado Jesús Cautivo. Veremos al Cautivo que cautivó, como a mí a miles de corazones sanluqueños, porque el Cautivo de Sanlúcar desata, y perdonen la irreverencia, casi idolatra. Probablemente, el pregonero no sea muy objetivo al hablar del Cautivo y de su Madre, mi Bendita Madre de la Estrella, los que me cautivaron y me enamoraron con su luz estelar, los que me hicieron amar más que el mismísimo Evangelio a mis hermanos cofrades, pero a la vez también este pregonero sería una persona hipócrita y falsa si no expresara sus sentimientos al dictado del corazón.

Jesús Camino y Verdad, si Tú llenas la creación, ¡Cómo podrá la prisión encerrar tu inmensidad!. Que estrofas tan bellas y ciertas. Qué puedo decir yo de Jesús Cautivo que no sepa el pueblo de Sanlúcar. Qué puedo decir yo de Jesús Cautivo que no sepan los cientos de corazones que descalzos, vendados, con su cruz a cuestas o maniatados, cumplen el Jueves Santo con el sagrado rito de ir tras El en acción de gracia por algún favor concedido. O irán tras El para expiar el pecado de cada uno, o irán tras El para rezarle e implorarle el que su marido consiga ese trabajo tan necesario para la familia, o para que un ser querido cure sus males, o para que el tallo verde de un hijo no se rompa, ni se quiebre por la calamidad que suponen hoy día el mundo de las drogas.

Tras el paso de Jesús Cautivo, todo se hará oración, silencio y penitencia. Al paso de Jesús Cautivo todo es amor y sobrecogimiento cuando su esbelta figura pase delante de nosotros por el rincón donde le aguardamos. Todo serán lágrimas en los ojos, pero El, firme, sereno y mayestático, nos concederá sus favores, nos reconfortará el alma y hasta nos curará los resfriados.

Querido Tony Pala, a tí que estarás en el cielo y me estarás oyendo, te doy las gracias en nombre de todos los cofrades de Sanlúcar por haber fundado con un grupo de compañeros y amigos esta querida Hermandad. Estoy seguro que si antes disfrutaste con El viéndolo en la capilla de los Desamparados o en su paso, o como aquel día que te sentaste a contemplar desde la Plaza de San Roque como colocaban su azulejo en la fachada de la Iglesia, ahora estarás disfrutando más que nunca a su lado, y a buen seguro, que tendrás el cielo revuelto con la cartera de anécdotas y chistes que de este mundo te llevaste. Seguro que si estuvieses aquí me hubieras obligado a incluir algo de tus cosas de Semana Santa en mi pregón. Tú eras así.

Y a tal Señor, tal Señora. Porque la Virgen de la Estrella, la que en la tarde y noche del Jueves Santo iluminará Sanlúcar con su belleza deslumbrante, que no cabe en su paso palio, es la hermosura hecha Virgen y la Virgen hecha lucero.

Es la Estrella de la mañana y de la noche, es el amanecer de Doñana, es la que guía nuestros sueños cofrades, es la que se merece que esos costaleros suyos hinquen sus rodillas en tierra y con un supremo esfuerzo la saquen cada Jueves Santo sin que roce ni un varal ni se tronche una flor.

Que tendrá la Virgen de la Estrella que por mucho que queramos reformar su paso, que por mucho que la aligeremos en su ornamentación floral, que por poca cera que arda ante Ella, cada vez cabe menos. Y es que la Virgen de la Estrella es distinta, la Virgen de la Estrella no llora, ríe, la Virgen de la Estrella no infunde pena, sino alegría, la Virgen de la Estrella no pide, da.

En el atardecer del Jueves Santo iremos a la Plaza del Cabildo a ver esa hermosa cara virginal, mientras los últimos rayos del sol besarán sus mejillas y secarán sus lágrimas entre mantillas en los balcones, y fervores a sus pies.

Perdóname Madre mía, si no he sabido piropearte con un verso porque tu hijo no me concedió esa gracia, pero quiero poner en mis labios, en estos momentos, el gran poema que un día te dedicó tu hijo Antonio Taviel de Andrade y que hoy lo hago mío, y te lo ofrezco con todo el amor del mundo porque Tú Madre mía, Tú María Santísima de la Estrella, Tú Estrella de los Desamparados, Tú Estrella de Sanlúcar, Tú Madre de las madres, y Madre de la Iglesia, Tú me vuelves loco y por eso...

Para Ti, un Trono, Señora,
la dulzura de tu llanto,
donde ofrendarte mi amor,
sentar en él, el dolor
de la pena que te ahoga,
y la sonrisa que aflora
en tus labios de coral
ponga el candor celestial
de tu virginal pureza
sobre el trono de cristal.

Un Trono a la Reina mía
donde la cera te llore,
donde perfumen las flores
y compitan a porfía
por consolar tu alma herida.
Alma de herido azahar,
que en su continuo aromar
nos cautive con su embrujo
de Sanluqueña de lujo
y nos haga suspirar.

Para TI UN PALIO quisiera,
de oro, azul, perlas y rosas
y en él, Sanluqueña, Hermosa,
entre varales lucieras
la Gracia que Dios te diera.
Y hecho Cofrade, Estrella Pura,
de la rosa de Amargura,
su delicado donaire,
como en suspiros del aire
contuviese la dulzura.

Y también para TI, un manto
de corazones bordados
y amores entrelazados,
que cubra de azul encanto
para que cuando me llore
el corazón, o le implore
a la sonrisa de Azul Estrella,
me embarguen sus resplandores.

Mas, si hubiere impedimento
en crear lo que mereces,
te lo ofrendaré con creces.
Ten a bien mi ofrecimiento:
Por Palio, mi sentimiento,
por manto, todo el calor
capaz de darte mi amor,
y por trono, Estrella mía,
en que sentarte algún día
por trono... ¡mi corazón!.

Jesús ya ha sido conducido ante las autoridades judías y romanas, ante ellos se ha enfrentado como el Hijo de Dios, como el rey de los judíos. Ya ha sido abandonado por todos y Simón Pedro lo ha negado tres veces.

Poncio Pilato manda azotar al Redentor como a un vulgar delincuente hasta dejarlo exhausto. Los soldados se ensañan con El hasta la saciedad, pero el Hijo del hombre es fuerte, y sobre sus espaldas van cayendo los latigazos que representan los pecados de los hombres.

Estas tremendas imágenes pasionales las podremos con templar el Miércoles Santo, sobre el paso del Cristo de las Misericordias. Misericordia, Señor, por nuestros pecados, que son esos azotes que injustamente estás recibiendo. Es lo primero que se nos ocurrirá decir cuando te veamos pasar delante nuestra. Una vez, lejana ya en el tiempo, te sentí en mis hombros y mil veces lo habría de repetir para poder si quiera imitarte en el sufrimiento que te infligen esos sayones.

Esta Hermandad sanluqueña es una de las más populares de la ciudad, yo diría que es la cofradía eminentemente popular de cuantas hay en Sanlúcar. Recaen en ella varias características que le dan su impronta particular. Cuales son su gremialdad, su antigüedad servita y sobre todo, la advocación de su Sagrada Titular.

La antigua “Hermandad de la Pringue” sigue siendo hoy en día, la nena y patrona de aquella collación y así se demuestra cada madrugada del Jueves Santo en su recogida.

Es una Cofradía de saetas y piropos y de alegría desbordante en el Miércoles Santo sanluqueño. Qué sanluqueño, no tiene en su agenda mental de Semana Santa el acercarse a ver la recogida de la Virgen de los Dolores.

La Virgen de los Dolores es una de las Vírgenes sanluqueñas por antonomasia. Su reducido trono está en consonancia y armonía con su delicada figura, pero su belleza desborda todo cuanto le rodea.

Lleva clavado en el pecho los siete puñales de dolor por ver a su Hijo azotado y escarnecido, pero a la vez, la alegría de verse rodeada en esas horas por las almas de los sanluqueños, quienes en apiñadas muchedumbres se unirán al saetero para despedir en su recogida a su bendita Madre de los Dolores.

Después de tanto escarnio y sufrimiento, tuvo Cristo que pasar por un trance de desprecio, burla y abandono. Esta patética imagen iremos a contemplarla la noche del Lunes Santo en el paso del Cristo de la Humildad y Paciencia. El Señor de la Cañita, por pequeña que sea su figura, más grande es su contenido y su mensaje.

Mensaje de Humildad que pregonan sus filas de hermanos nazarenos de esparto. Es edificante ver el transcurrir de esta cofradía por las calles y rincones del Barrio Alto, en el silencio sereno de la noche, desfilando ante conventos, iglesias y hospitales de otros tiempos, que encierran tras sus muros parte de la gran historia de Sanlúcar.

El Señor de la Cañita es también una Imagen de devociones populares, que con la misma humildad hacen estación de penitencia tras El.

Por las calles Misericordia y Descalzas, tendremos una cita obligada con la Señora del Barrio Alto: La Virgen de las Lágrimas. ¡Qué dolor más bello refleja la Virgen en su cara!. Qué pena tan desgarrada por su Hijo burlado. Y que suerte poder contemplar todo esto en ese paso tan armonioso y claro que ella tiene. A buen seguro, es el de las Lágrimas uno de los pasos con más armonía y gusto de Sanlúcar. Armonía en la blanca y perfecta fundida de cera, armonía en su construcción y armonía en su ornamentación. Pero sobre todo luz y claridad. Claridad y luz para ver a la Reina de los Cielos en pleno trance pasional. Con la Virgen de las Lágrimas, los buenos cofrades de Sanlúcar pueden disfrutar desde cualquier ángulo, desde cualquier punto o desde cualquier balcón y pueden aprovechar la ocasión para musitarle un piropo de amor.

Por las calles Misericordia y Descalzas, adelantaremos al paso de la Virgen una y otra vez porque no nos cansaremos de verla y contemplarla. Las lágrimas de sus mejillas son gotas de agua cristalina y de pureza, que merecen ser empapadas con pañuelos de encajes y sedas. Qué pena que una Virgen como esta tenga que recogerse, porque por mucho que estés a su lado y disfrute de su belleza nunca tendremos bastante. ¡Madre mía no te vayas!. ¡Madre mía no nos dejes!, dile a la luna que pare, que pare el reloj de la O, que paren todos los relojes de Sanlúcar, pero Tú, Madre mía, quédate en esta noche serena junto a nosotros los cofrades de Sanlúcar.

Cuando rompen los jazmines
y el azahar ya blanquea,
llenando bien sus pulmones
con el aire que llega
en tarde de Lunes Santo
Sanlúcar se despereza,
se acicala y se perfuma,
de menta y de “yerbabuena”
y se pone en la silueta
su terno de primavera;
vistiendo de sol y sal,
de alegría y de luz nueva,
en la tarde que es presagio
de una primavera eterna.
Porque, entre brumas de incienso
y entre suspiros de espera
que rompen el aire fino,
radiante se nos presenta
en blancores de azahares
la Reina de la Pureza.

La Virgen Blanca se asoma;
la ciudad le abre sus puertas,
la monta sobre su alma
y la recoge a su vera,
para que englorie las calles
de su luminosa tierra.
Y se extasía en el encanto
del “Triunfo de la Belleza”
que hace estallar los claveles
dormidos en las macetas,
con su llanto irrepetible
ahogado en mar de penas;
mar de penas sin orillas,
carita de sol y cera,
flor de lirio entristecido;
flor de gracia sanluqueña;
tuétano de la hermosura
vestida de luna llena;
y como dulce rocío
en su carita morena,
brillando como mil soles
sus lágrimas se hacen perlas.

Ya de madrugada cuando la puerta principal del Santuario de la Caridad, se haya cerrado, encerrando tras de sí al Humilde Hijo de Dios y a su Señora Madre, bajaremos despacio por la Cuesta de Belén, Bretones y Torno para tomar un caldito reconfortante. En estos momentos haremos un repaso mental a las imágenes que nuestras retinas han captado y nuestro cerebro definitivamente ha fijado. Haremos un primer balance de lo que llevamos vivido hasta ahora y sin embargo siempre llegaremos a la misma conclusión lastimera: apenas hemos comenzado y ya parece que esto se acaba. Con esta mezcla de alegría y amargura nos iremos a acostar y tras rezar el último Ave María nos consolaremos con lo que veremos y viviremos en los días siguientes.

Después de triunfos, oraciones, tradiciones, azotes, y burlas, Jesús es condenado en la cruz. Y la cruz de nuestras culpas fue puesta sobre sus hombros, Estos momentos de sufrimiento los contemplaremos en los Nazarenos de Sanlúcar. En el Consuelo, en el Nazareno y en el Silencio. Tres Nazarenos que reflejan en sus caras todo el sufrimiento del peso de la cruz, tres Nazarenos en los que todo será Amor hacia los hombres, Amargura por nuestras traiciones y el Mayor Dolor por nuestros pecados.

El Martes Santo, nos congregaremos en la parte izquierda del andén de la Parroquia del Carmen para poder ver como aparece ante nosotros poco a poco, y paso a paso la impresionante faz de nuestro Padre Jesús del Consuelo. Esta cara impresionó, desde niño a este pregonero, criado en dicha feligresía y que desde muy pequeño acudía a las ceremonias religiosas de la mano de algún familiar. Desde entonces, esa cara está grabada en mi mente como en la de tantos de ustedes. Cara de sangre, barro y sudor. Cara que refleja el mayor de los dolores, pero que a la vez consuela a todos los que le miramos.

En esos momentos en que Jesús ha caído, y tras levantar se tiene que hacer un supremo esfuerzo, en esos momentos en que su espalda ya está quebrada por el peso de la cruz, todos quisiéramos ser Simón de Cirene para aliviarle de tan tremenda carga. Quisiéramos salir a su paso y limpiar las heridas de su frente coronada por esas crueles espinas, pero El tuvo y tiene cada Martes Santo que seguir sufriendo con la sola compañía de su Cruz y su Cirineo.

Hachones rojos de cera rebosan consuelos y perdones porque Nuestro Padre Jesús del Consuelo es todo sencillez, es todo amor y es todo piedad.

Entre tonos azules y granates veremos tras El a la Madre del Mayor Dolor, que lleva roto el corazón por ver a su Hijo roto y casi exánime por el peso del madero. Es un dolor por todos los que estamos allí, también es un dolor compartido, pero Madre, hoy más que nunca queremos que ese Mayor Dolor sea el menor de los posibles porque tus hijos cofrades queremos compartirlo contigo, porque por nuestras culpas El fue crucificado.

Permítenos Madre nuestra, que igual que el Cirineo ayudó a tu Hijo te ayudemos nosotros a Tí, en estas horas dolorosas para que así juntos compartamos y nos hagamos merecedores del triunfo de la Resurrección que un día nos prometieron.

Y en la madrugada del Viernes Santo, iremos al encuentro de otro de los Nazarenos de Sanlúcar. En silencio nos acercaremos a la plaza de San Francisco. Cuando se abra la puerta lateral del convento de San Francisco, enlutados nazarenos irán saliendo poco a poco. Nazarenos y público en esos momentos enmudecerán para dar paso a Jesús del Silencio.

La madrugada, con esta cofradía en la calle se convierte en eminentemente nazarena, para dar más patetismo si cabe, a la calle de la Amargura Sanluqueña. La Cofradía del Silencio, lejos de duplicar el pasaje evangélico viene a reforzarlo y a dejar su sello de austeridad y sacrificio en la Pasión, según Sanlúcar.

Viene en verdad a recordarnos aquellos primitivos penitentes de tiempos lejanos, que en esos días recorrieron nuestras calles dando públicas muestras de sacrificio y expiando sus pecados ante todos.

Nuestro Padre Jesús del Silencio lleva reflejado en su cara el amor, amor de su madre y amor de sus hijos cristianos. El amor de su madre que aún no puede acompañarle en esta madrugada, pero que con el amor de sus hijos cofrades y con el esfuerzo de todos puedan conseguir en breve plazo de tiempo esta aspiración tan deseada.

Procesión corta pero densa, sin concesiones a la galería. Como se define perfectamente en la letra de una sevillana dedicada a la Cofradía del Silencio de Sevilla: chicotá, silencio y basta.

Así es la cofradía del Silencio y así con estas premisas bien claras discurrirá por Santo Domingo, Ancha y San Juan entre el silencio de la noche para cumplir con su mandato penitencial.

Ha de confesar este pregonero, que es un entusiasta de las cofradías de silencio y fue motivo de gran alegría para él la primera salida procesional de ésta. Ojalá esta cofradía se consolide como tal, para seguir dando el ejemplo austero y silencioso que en cada madrugada Sanluqueña tiene encomendada.

Y la madrugada continúa porque es larga y cargada de sensaciones y emociones. Sobre todo, porque aún no nos hemos recuperado de aquello que vivimos la noche del Jueves Santo y que sin solución de continuidad enlazará con el nuevo día.

Noche de insomnio y despertares tempranos, noche de calentitos y chocolates entre Jueves y Viernes por San Roque y Trascuesta, y de copas de aguardientes para protegemos del amanecer cortante, en la Plaza de Arriba.

En la madrugada, todos, sobre todo los más jóvenes no se podrán ir a la cama sin ver el Señor de la Madrugá en la calle.

Si Jesús Cautivo, cautiva tras de sí a largas filas de devotos como expresión de su popularidad, amor y arraigo, en absoluto el Señor de la Madrugá será menos. Pero hay una característica diferenciadora; mientras el Cautivo trasciende por su advocación las fronteras de nuestra tierra, el Señor de la Madrugá es genuinamente sanluqueño.

Es el Señor del Barrio Alto, de las viñas y los sequeros, de las bodegas y lagares, es el señor de la Gente de Sanlúcar.

Gente con mayúsculas y orgullo porque el mayor título de las gentes de aquí no es el del dinero ni la nobleza, es el mayor de los títulos que pueda tenerse: el de Sanluqueños.

La Cofradía del Nazareno tiene dos contrapuntos en la madrugada: la noche negra y amarga y el encantador amanecer del Viernes Santo.

En la noche iremos a su encuentro por las blancas calles de Luis de Eguilaz o a ver reflejada su figura en los muros del Castillo de Santiago. Por allí todo será amargura en su rostro y silencio al caminar. Por la mañana, por las Calles Ancha y San Juan o en el Pradillo, ante caras somnolientas de la noche o ante cabellos frescos y repeinados de los que acaban de madrugar para verlos, nos recrearemos en su cara de dulzura y compasión y así unidos a El le acompañaremos por el último y empinado tramo amargo de Ganados y Cuesta de la Caridad. Allí las acacias le harán la última reverencia a la vez que ofrenden en nombre de Sanlúcar, con sus grandes ramas inclinadas, las primeras flores de la primavera. Y así entre trinar de pájaros y suspiros mañaneros el Señor de la Madrugá se irá.

Tras El, la Señora de la Madrugada viene cargada de Amargura, que es reconfortada por el Discípulo amado que a su lado va. En su hermoso paso de palio la Virgen de la Amargura pone el colofón a la madrugada de Sanlúcar. No puedo expresar con mis palabras lo que siento al ver la Virgen de la Amargura, pero cuando la veo por una de nuestras calles antiguas y estrechas no puedo evitar el que me venga a la memoria aquel gran soneto de Antonio Rodríguez Buzón, porque entonces se me forma un nudo en la garganta y la veo así:

Ahogada por su calle Nazarena herida por el filo de su llanto, sumida en el dolor de su quebranto sin norte por el cauce de su pena.

Dialogando sin voz con la azucena
y el pecho florecido de amaranto;
perdida la mirada en el espanto
y lívida de sal la tez morena.

Resecos labios y frente enajenada
convocando la gracia y la ternura
en su perfil de rosa trastornada
Inquiriendo del aire y de la altura
si en tristeza por alguien fue igualada,
¡si hay frontera capaz a su Amargura!.

En la mañana del Jueves que reluce más que el sol el pregonero tiene una cita obligada en la Parroquia de San Nicolás.

Tiene una cita con la cofradía del Barrio”. Con el Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de la Esperanza. El pregonero por gracia de ir en su Cofradía y a la vez por des gracia, no puede contemplarlos por las calles de su pueblo por que ese día esa bajo su túnica blanca y azul y por eso siente el imperioso deseo de acudir a rezar delante de esas Benditas Imágenes.

En esa mañana en San Nicolás todo es alegría y todo es preocupación por la estación de penitencia o por el tiempo que se avecina. Todo es flor e incienso, todo oro y plata, todo terciopelo y cera. El “Barrio” entero está con EL y con ELLA, arropándolos hasta la hora de su salida porque la conmovedora imagen del Cristo de la Expiración y la Niña del Pueblo van a salir a la calle, para hacer su estación de penitencia. Hasta los pájaros revolotean nerviosos por las espadañas de San Nicolás y San Francisco y en esta mañana mi corazón también tembloroso y avergonzado se acercará al maravilloso paso del Santísimo Cristo de la Expiración porque hoy más que nunca, y ante todos públicamente

Señor, quiero pedirte perdón. Quiero pedirte perdón porque un día te ofendí. Fue aquel Jueves Santo ya olvidado, en el que en una de nuestras calles nos encontramos y nos cruzamos. Qué miserable de mí, para una vez que tuve la oportunidad de mirarte y contemplarte bajo mi antifaz nazareno fue para ofenderte. Qué ejemplo de cofrade que va bajo la etiqueta de humilde y fervoroso y no se le ocurre otra cosa que ofenderte. Permíteme subir hoy a tu paso y apartar los lirios y tulipanes y así caiga de rodillas ante Tí. Quiero con mis lágrimas y mis manos enjugar tus pies de sangre y barro, quiero desde los pies de tu cruz alzar si quiera un poco la mirada avergonzada, para implorarte misericordia. Déjame suturar tus heridas y vendar tus pies. Déjame acompañarte en estos momentos amargos de tus últimas palabras y públicamente delante de mis hermanos pedirte, implorar y suplicar, Cristo de la Expiración, tu bendito y misericordioso perdón.

Tras el maravilloso paso del Santísimo Cristo, largas filas de túnicas verdes y blancas nazarenas darán escolta a la Virgen Santísima del Barrio Marinero, la Niña del Pueblo, como la bautizó nuestro gran amigo y cofrade Antonio, Nuestra Señora de la Esperanza, Esperanza de Sanlúcar y Esperanza nuestra.

En la tarde del Jueves Santo, la Virgen de la Esperanza desatará pasiones, no sólo entre sus cofrades sino entre todo el Barrio que hierve con Ella. Pasiones de amor hacia Ella y esperanza en el pueblo de Sanlúcar que la contempla. Esperanza que irá derramando entre sus hijos deseosos de ver resueltos sus problemas. Esperanza derramada sobre su pueblo que anhela despegar de una vez por todas, para ocupar el sitio que siempre le correspondió y que por muchas razones le corresponde.

La Virgen de la Esperanza, es pequeña, pero cuando la vemos pasar nos agrandará a todos el corazón, porque su advocación como una de las tres virtudes teologales es uno de los signos inequívocos de todo Cristiano y cofrade.

La Virgen de la Esperanza, trae el aire fresco del río y la marisma. Huele a mar salada y a albahaca, cuando pasa por las calles de Sanlúcar, aromas tan deliciosos como penetrantes, como deliciosa es Ella y penetrante su mirada.

¡Virgen de Esperanza nuestra, ten piedad de los corazones desesperados y devuélveles la ilusión de un día poder estar junto a Tí para contemplarte eternamente en el Reino de los Cielos!.

Sin duda alguna, uno de los misterios más conseguidos y de más plasticidad de nuestra Semana Santa es el misterio de la Hermandad de los Estudiantes. En ese paso cuajado de rojos claveles veremos y contemplaremos un calvario de amor. Amor de Jesús serenamente muerto en la Cruz, y al pie su amado discípulo Juan, la fiel y abnegada Magdalena que acompañarán en su aflicción a la amantísima Madre y Señora de las Penas.

La Cofradía de los Estudiantes simboliza y sintetiza lo que es una Cofradía profundamente arraigada en su feligresía, a la vez que posee algo importantísimo entre sus componentes: la homogeneidad. Es cofradía eminentemente estudiantil y de gente joven que sintonizan perfectamente en sus ideales y un modus vivendi que le dan personalidad a su Hermandad.

Como Hermandad eminentemente parroquial, incorpora como estandarte principalísimo a su título el de Hermandad Sacramental, la única de Sanlúcar que con orgullo actualmente ostenta el sagrado título, que es la esencia del cristiano, es decir, el Cristo hecho presente en la Sagrada Hostia.

A todas estas facetas y características, si le añadimos la de su radicación señera y catedralícia que es la iglesia de Santo Domingo, tendremos las señas inequívocas de lo que es y supone esta cofradía en Sanlúcar.

Todas estas cosas, se manifestarán de una manera plástica en la tarde y noche del Miércoles Santo, dando el contrapunto a tal día, porque desde que contemplemos al Cristo de los Milagros enmarcado en el arco del compás de Santo Domingo hasta que lo veamos venir de recogida, la Hermandad de los Estudiantes demostrará y mostrará su seriedad, espíritu penitencial y señorío por las calles de Sanlúcar.

La imagen del Cristo de los Milagros, obra insigne y documentada del gran escultor Miguel Adam, que tras su feliz restauración lo contemplaremos una vez más, con todo su esplendor en este Miércoles en que se cumplirá su cuatrocientos aniversario, nos conmoverá de nuevo el alma con su serena muerte. Las largas filas de hermanos nazarenos con cruces y cirios, dando un ejemplo edificante, de auténtico espíritu cofrade, le darán escolta por la Cava del Castillo y Luis de Eguilaz, y tras hacer ejemplar estación de penitencia en la Iglesia Mayor, bajará con sumo mimo y cuidado por la Cuesta de Belén, entre las ramas de los árboles que le acariciarán su costado y limpiarán su sangre redentora. El humo del incienso nublará nuestros ojos al contemplar tan bello Calvario, y sus siluetas, recortadas en La Merced a sus espaldas, nos trasladará a otros tiempos, al tiempo que nos deleitaremos con los sones de Virgen de los Estudiantes, preñados de notas universitarias de aquel Gaudeamus Igitur que en alguna ocasión cantáramos en nuestra época estudiantil.

Pero el misterio de esta cofradía no sería tal si al pie de la cruz no fuera quien va: la Madre y Señora de Sanlúcar, la Santísima Virgen de las Penas.

Con qué ojos contempla a su Hijo muerto. Parece lanzar le ese grito de dolor o angustia que alguna madre haya tenido que lanzar alguna vez, ante tal desgracia: ¡Hijo mío!. ¿Por qué tienes Tú que morir?. ¿Por qué me inundas de dolor con tu muerte?. ¿Por qué me dejas sola?. Lamento que sin duda debió salir de los labios mudos de María, posteriormente reconfortada por su hijo adoptivo, el Discípulo Amado.

Todo esto se palpa y se oye a los pies de la cruz del paso de los Estudiantes. Nuestra Madre y Señora no es una Virgen muda, es una Virgen que habla, y que halla con la mirada clava da en el rostro de su Hijo la respuesta a tanto dolor.

Pero nosotros, Madre y Señora, nos uniremos a Juan y María Magdalena en esta tarde para consolarte y secar tus benditas lágrimas. Convertiremos el monte ensangrentado de claveles en perfumadas azucenas, nardos y jazmines para Tí, porque Tú, Madre y Señora eres la flor más delicada y perfumada de cuantas existen. Porque Tú, Madre y Señora, no necesitas más palio que el cielo de Sanlúcar, porque Tú, Madre y Señora, eres la dulzura hecha mujer. Porque Tú, Madre y Señora, eres la culpable de nuestros sueños. Porque Tú, Madre y Señora, eres la Reina de nuestros corazones, y la Reina de los que en Tí creemos.

Cristo ya ha pronunciado sus últimas palabras, ya expiró y con su expiración se cumplió su misión redentora de morir por nosotros en un madero.

Ahora pende flácido y con el mentón clavado en su pecho sobre el calvario. Su cuerpo desnudo muestra exangüe el martirio sufrido. La piel es lívida y la sangre reseca. Estos momentos de la pasión no hace falta en Sanlúcar que lo imaginemos, nos basta con contemplar al Cristo de la Vera Cruz en la noche del Viernes Santo.

Esta maravillosa imagen salida del más puro barroco sevillano y orgullo de nuestra ciudad, evoca para mí muchas cosas. El simple hecho de pronunciar su nombre evoca por sí mismo media historia de Sanlúcar.

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Vera Cruz, el de su propia capilla convertida en escuela jesuita, Vera Cruz el de la Merced, y Vera Cruz el de la antiquísima y actual Iglesia Mayor Sanluqueña.

Cuando en la noche del Viernes Santo, veamos al Cristo de la Vera Cruz por el andén de la O, o por las puertas de la Merced, o reflejada su silueta en los blancos muros de los jardines del Palacio Ducal, estaremos viendo la historia misma de Sanlúcar. Porque la Cofradía de la Vera Cruz, que trasciende al Atlántico para convertirse en una de las advocaciones más importantes del Nuevo Mundo tiene en Sanlúcar el color del oro viejo y el penetrante olor del amontillado. Con el Cristo de la Vera Cruz me introduzco en el túnel del tiempo para vivir la Semana Santa, que pudo ser en esta ciudad en su edad de oro. Joya escultórica para admirar. Cuantas veces ha soñado este pregonero con ese Cristo y cuantos proyectos de futuro fabricó para esta Cofradía. Debe la Hermandad con el ahínco y el trabajo de sus hermanos volver por sus fueros a ocupar el sitio que le corresponde por antigüedad, solera e historia. Es un legado de los antepasados de este pueblo, que debemos mimar, conservar y mejorar en todas sus facetas. Animo a esa savia nueva que corre por las arterias de la Hermandad para que estos fines se consigan con la ayuda de Ellos y pronto veamos en Sanlúcar el calvario que tanto soñé.

En su palio granate de cajón con sus extraordinarios bordados orlando su manto caminará la Soledad de María Santísima en sus Misterios Dolorosos del Santo Rosario, Patrona de los Costaleros de Sanlúcar.

En su mano portará el Santo Rosario de nuestros pecados y desventuras. Pecados y desventuras que fueron redimidos por su bendito Hijo clavado en la verdadera cruz de nuestra fe.

Doblarán las campanas de Sanlúcar en el día del Viernes Santo, ya todo es muerte y duelo, porque el Hijo del Hombre ha sido inmolado.

La tarde del Viernes Santo, es para los cofrades de Sanlúcar tarde de resacas cofradieras por las largas horas vividas en la madrugada. Tarde de melancolía porque nuestra Semana Mayor acaba, pero a la vez tarde de esperanza cristiana por saber que al día siguiente Cristo habrá resucitado de entre los muertos cumpliendo su promesa redentora.

De traje oscuro y corbata con flor de nuestra Hermandad en la solapa, y el cuerpo ya cansado y hasta dolorido, iremos al encuentro del amor y la ternura. Iremos al encuentro de la Madre, que al cabo de más de 30 años vuelve a tener al Hijo en su regazo antes de ser depositado en su cuna sepulcral.

La sábana pendiente del árbol de la Cruz ondeará en la brisa vespertina de Sanlúcar, entre aromas de incienso, lirios y fúnebres acordes procesionales.

Pero la alegría volverá a nuestros corazones y el alma se estremecerá de nuevo cuando en cualquier esquina, rincón, o calle, nos encontremos a la que no necesita paso de palio, porque su belleza reluce más que el bordado más rico, la que fue obra de gubias angelicales: nos encontraremos a la Virgen de las Angustias.

Aún resuenan en la mente de este pregonero, como todos los Jueves Santos, año tras año, en casa de su abuela materna, se cortaban las flores de jarro o trompetas para las Angustias, y desde entonces la Virgen de las Angustias es una imagen imborrable en su retina.

Cuantas horas pasé, Madre mía, en mi niñez junto a Tí, mirándote desde los pies de tu camarín mientras nuestro querido Don Patricio celebraba la Santa Misa en nuestra parroquia del Carmen.

La Virgen de las Angustias es otra cosa. A la Virgen de las Angustias no le hace falta ni paso ni riquezas, como ya hace muchos años quedó demostrado aunque en estos momentos no abogue por aquello. A la Virgen de las Angustias no le hace falta más acompañamiento que el de sus hijos cofrades de Sanlúcar. La Virgen de las Angustias, con su carita de amargura, va partiendo de dolor la tarde del Viernes Santo, y jalonando nuestros corazones con puñales de congoja.

Quien no haya visto la Virgen de las Angustias no habrá tenido la oportunidad de contemplar la cara de María misma.

Meditabundos e impresionados aún por la cara angustiada de María nos dispondremos a asistir al funeral penitencial y colectivo de todas las Hermandades de Sanlúcar en la Semana Mayor que ya termina. Las cofradías de nuestra ciudad acudirán en tradicional ritual a acompañar a Cristo Yacente en su camino sepulcral que quedará sellado con el cerrojazo de San Francisco.

La bella y antiquísima imagen de Cristo Yacente, nos hará meditar una vez más sobre nuestra miseria carnal. El propio Hijo de Dios hecho hombre será contemplado por todos nosotros como la auténtica realidad de nuestra vida terrenal. El Cristo de las Cinco Llagas nos enseñará en lección magistral desde su sencillo trono sepulcral lo que somos y en lo que nos hemos convertido como recordaba una inscripción en la Sala de Disección de nuestra Facultad de Medicina Gaditana que así rezaba: ‘Enseña más la muerte callada que la vida locuaz”.

Tras Cristo Yacente caminará la hermosísima palidez de la Virgen de la Soledad que contrastará con el luto de su palio. Que sola va la Soledad, como dijo el poeta. Ya despojada de su hijo y sin ningún tipo de consuelo.

Qué bien supo cantar Antonio a la Virgen de la Soledad, cuando dijo:

Deja que sobre el árbol de sus dolores
su dolorida alma, de angustias llena,
por El, que fue el centro de sus amores,
llore su pena

Deja perfile en blanca sombra un dolor,
que a su rostro le asome la desventura,
y el incoloro frío le de el color,
de la amargura.

Deja que el fino aire vierta un suspiro,
y en el solitario andar de sus pesares,
vaya ahogando la pena de su martirio,
llorando a mares.

Déjala en su Soledad, mente embebida,
que, embeberse quisiera en su pensamiento,
de la Pasión de su prenda más querida,
borrar el tiempo.

Deja que haga su camino a paso incierto.
Deja que sueñe a su alegría perdida.
Deja que entierre con su cariño muerto,
toda una vida.

Y al contener su Amor la sepultura,
sobre su cuerpo de corte celestial,
le flote el alma, diáfana blancura
en Soledad.

Deje que llore en su espléndida belleza.
Deja y no turbes su sosegado llanto,
que puedes, al alegrarle su tristeza,
romper su encanto.

Cuando se cierren las puertas de San Francisco tras la entrada de la Virgen de la Soledad, con el corazón anudado en la garganta y además, como dice el refranero, que el que no se consuela es porque no quiere, lanzaremos la expresión inevitable y esperanzadora de todo cofrade: Ya queda un día menos para la próxima Semana Santa.

Ojalá esta frase dentro de algún tiempo la tengamos que pronunciar un día después, porque tengamos que presenciar por nuestras calles la imagen triunfante de Cristo Resucitado.

Si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe, como vano sería el espíritu cofrade, si no se animara a plasmar en un paso el glorioso misterio de la Resurrección. Sería el colofón final que daría sentido a todo lo anterior. Porque si no hubiese sido como alguien comentó, con evidente sentido del ser de nuestra tierra, que si no hubiese existido Claudia Prócula, los cofrades nos hubiésemos quedado sin Semana Santa, no es menos cierto, que sin la Resurrección del Salvador, dicha Semana Mayor no existiría ni tendría razón de ser.

La alegría del cofrade en el Viernes Santo, ha de ser la alegría del que se sacrifica por algo, la alegría de la mujer que en el trance doloroso del parto sueña con traer un nuevo ser a la vida y la alegría, en definitiva, de que cuanto nuestro Dios padeció y sufrió por nosotros, hasta morir en la Cruz para resucitar al tercer día, fue para redimirmos de nuestros pecados.

Yo os animo desde aquí, a vosotros, queridos cofrades para que esta idea que a buen seguro rondará muchas de vuestras mentes, pueda ser una hermosa realidad a medio plazo y los buenos cofrades de Sanlúcar puedan pregonar por las calles de nuestra ciudad, con su voz nazarena, que Cristo ha resucitado.

No quisiera terminar este humilde pregón sin el recuerdo y el cariño que todo el pueblo de Sanlúcar y especialmente sus cofrades tienen a la Madre de Dios. Amor que se demostrará en las múltiples advocaciones, que en días de gloria procesionarán por nuestras calles entre el calor y el entusiasmo del pueblo. Por que Sanlúcar es desde tiempos ancestrales, desde la misma raíz de la historia, Mariana por naturaleza.

Ahí están como prueba la antigüedad de nuestra hermandad del Rocío, Hermandad Señera, de entre todas las que peregrinarán cuando se acerque Pentecostés para llevar hasta la ermita marismeña el aroma de manzanilla y el sabor a río grande, que serán ofrendados como presentes a la Santísima Virgen como muestra del amor sanluqueño.

Así también vestiremos a María de Pastora para bajarla desde el Convento de Capuchinos al otrora barrio de la Balsa en paso cofradiero y acompañamiento musical del más puro estilo cofrade.

Y Sanlúcar será más marinera que nunca cuando llegue el último Domingo de julio y acuda en masa al encuentro de la Reina de los Mares, en su entrañable Barrio de Bajo Guía. Allí contemplaremos a los corazones curtidos por los vientos de levante y los golpes de mar, abrazados a los largueros de la preciosa barca de la Virgen del Carmen.

Allí todos le pedirán algo a María. El marinero, protección en las largas noches de mar, el que está sin trabajo un jornal para su familia, el que padece enfermedad, salud y un rosario de invocaciones, que terminarán con la marinerísima expresión de: “ojalá, permítalo Dios y la Virgen del Carmen”.

Y también Sanlúcar festejará la Virgen Milagrosa o la de los Ángeles agosteña, pero Sanlúcar reventará el 15 de Agosto con la Madre más Madre de todas y la Madre de todos los sanluqueños: La Caridad.

La Virgen de la Caridad si tuviéramos que decirlo en pocas y llanas palabras, acaba con el cartel. Decir Sanlúcar, es decir Caridad y decir Caridad es decir Sanlúcar. Qué sanluqueño no ha llorado alguna vez al mirar esa carita de la Virgen de la Caridad. Qué sanluqueño no se conmueve cuando el aroma de sus nardos perfuman las calles de Sanlúcar. Qué sanluqueño no está enamorado de la Virgen de la Caridad. Qué costalero no revienta debajo de esas asfixiantes trabajaderas para engrandecer esa imagen tan pequeña como inmensa.

Querida Madre de la Caridad, no abandones jamás a este tu pueblo que necesita imperiosamente de Tí. No te olvides en esta encrucijada en la que en estos momentos vive. Tú, como alcaldesa perpetua de tu ciudad por voluntad de tu pueblo, toma el timón desde el cielo cuando arrecie el temporal y guía esta nave que es tu pueblo de Sanlúcar, por las aguas tranquilas de la paz, la convivencia y la concordia de todos tus hijos sanluqueños.

Porque Tú eres eso y en tu advocación está: la piedra más rica de tu corona, la perla de tu nombre: La Caridad.

 

José Gonzalez Romero
San Vicente de Alcántara. Primavera 1992